GALLINAS

Lucía

Lucía, junto a Celia y Virginia tuvieron la gran suerte de “jubilarse” con 8 meses y nunca volverán a ser explotadas por sus huevos.

La mujer que las tenía, se tuvo que mudar a un piso, y no podía llevárselas, así que decidimos darles un buen hogar.

A los meses, nos escribió para decirnos que se volvía a mudar a una finca, que si se las “devolvíamos”. Nuestra reacción fue de enfado, nos indignó mucho que pensara que eramos un hotel para animales en el que dejar y cogerlos cuando le interesara, y segundo, ellas ya habían hecho una amistad y relación con el resto de habitantes, y no queríamos separarlas.

La mujer nos contestó que si no se las dábamos, en nuestra conciencia quedaba que ella tuviera que comprar otras gallinas.

Quería hacernos culpables de su egoísmo y necesidad de querer tener gallinas, para comerse sus huevos, y tener que pagar por ellas.

Podemos vivir sin hacer esclavas a las gallinas, y empezar a cambiar el mito de los huevos. No existen las gallinas felices, a no ser que no pongan huevos.

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Lucía

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